Piedras [ preludio ]
por Dann
Cómo de una sirena en el olvido, así es tu sonrisa cuando creés que nadie te ve. “Un día te vas a hartar de mirarme tanto, y te vas a ir y no vas a querer verme más”, me dijiste esa tarde, mientras caminabamos bajo el abrazo trópical de la arboleda y sobre las piedras multicolor que dan personalidad al zócalo del pueblo. “Te miro porque presiento y temo y creo que un día serás tú quién se irá, y trato de memorizar cada fragmento de tiempo que paso contigo, sólo de eso se trata”, debí responder de inmediato. Pero tan solo te tomé la mano, fingí dejar de contemplarte, y continué caminando al compás de tu larga falda –parte primordial de esa estética que delata a todas las sudaméricanas cuando viajan-, en un cómodo silencio, que se interrumpió un momento por los sonidos de una jarana que devolviéron la sensible realidad a esta postal que es el México del que tanto te hablé, con el calor que el itsmo regala en cada atardecer, y la lluvia de olores que hasta el momento, no he podido encontrar en otro país.
–Se parece a la cueca, ¿cierto? Escucha bien, es muy parecido el sonido–
–Hay algo, sí, tienes razón, se parecen un poco. Bueno, es obvio, al final todos venimos de la misma raíz, si te fijas, es una mezcla de la cultura indígena, otro tanto de los españoles, y algo de África, aunque no lo creas...- y entonces vino la explicación de siempre, esa que me obligó a mirarte de nueva cuenta y perderme, hasta el infinito, en tus gestos elocuentes y tu voz llena de información que en otro contexto, hubiera sido innecesaria. Pero no contigo, María José. Contigo todo y nada son simplemente los extremos del camino a seguir, el del centro, dónde nada sobra ni falta. Simplemente es.
Así que te escuché, debatí tus puntos, repliqué, discutí, y escuché, y me escuchaste (algo importante), y terminamos en algún lugar típico tomándo cerveza nacional, escuchándo más sones y huapangos, tú con exagerados gestos de repulsión al verme comer escamoles, y yo riéndo cuándo finalmente decidiste probarlos y quedaste fascinada con el sabor. A pesar de tu cansancio, seguimos caminándo gran parte de la noche, intercambiando recuerdos y anécdotas mutuas, y tejiéndo a cada instante las nuestras entre besos, muchos besos y caricias ansiolíticas e hipnóticas, con al obviedad de los que recién se encuentran en este planeta extraño, pero nuestro. Y con las piedras eternas del pueblo como referente, con latidos mudos prometí que, al menos yo, jamás me cansaría de observarte, de escucharte, de hacerte el amor desquiciadamente, de estar y ser contigo. Uno a uno, los poros se fusionaron, empapándo mis manos ancladas en tu cuerpo, y me dejé caer en el sosiego del corazón que toma un pulso ni fuerte ni débil. Centrado. En equilibrio.
“Piedras” (fragmento 11). Santiago de Chile, 12 de Septiembre, 2006